El presidente José López Portillo sentencio en las postrimerías de su mandato que “Presidente que devalúa se devalúa”. Esto lo dijo cuándo su gobierno se vio afectado por toda clase de problemas económicos derivados de un abuso de gasto y de un exceso de contratar deuda externa o como consecuencia de no haber sabido “administrar la abundancia”, como él se había referido al boom petrolero que vivió nuestro país por esos años. Si bien don José fue el primero que lo dijo tajantemente, todos los presidentes de la República del periodo post revolucionario han tratado hasta el límite de sus atribuciones y sus capacidades de evitar que nuestra moneda pierda valor frente a monedas extranjeras, principalmente frente al dólar de Estados Unidos. Cuando esto ha ocurrido los mandatarios han perdido no solo popularidad sino que su credibilidad decrece considerablemente.

Miguel Alemán llegó a la Presidencia en un momento de relativa tranquilidad económica, pero los efectos de la post guerra obligaron a su administración a devaluar el peso en su cotización con el dólar de 4.85 a 8.65. Las cosas se complicaron un poco más en el siguiente gobierno, el de don Adolfo Ruiz Cortines, por un grave desnivel en la balanza de pagos y un inadecuado crecimiento de principio de administración, así como un déficit en las finanzas públicas que podía empeorar gravemente. El secretario de Hacienda de esa época, Antonio Carrillo Flores, no sabía cómo decirle al presidente la necesidad de devaluar la moneda y mucho menos que la autorizara. Dada la forma de gobernar de Ruiz Cortines, su no muy completa erudición en la materia y su condición de político de tiempo completo que lo que menos deseaba era devaluar, hacían muy difícil la asignatura.

Con mucha sutileza, Carrillo Flores, organizó reuniones con funcionarios del Banco de México y de la Secretaria de Hacienda con el presidente para explicarle el asunto. Don Adolfo los hizo sufrir la gota gorda y, finalmente, pidió que le dijeran con exactitud cuánto había que devaluar. Los expertos se pusieron a trabajar y le entregaron al secretario su cálculo, que lo sometió al Presidente. Era este una propuesta de fijar la paridad en 12 pesos. Don Adolfo lo consultó varias veces con Carrillo y con don Rodrigo Gómez, director del Banco de México, y finalmente aceptó con una condición, lo que puso de cabeza a todos los asistentes; “Que de una vez lo fijaran en 12.50, para no estar devaluando constantemente”. Carrillo Flores contaba frecuentemente que “Habían sido los días más difíciles de mí carrera pública”

Difícilmente hubieran podido imaginar Ruiz Cortines y los demás responsables de esas decisiones que ese tipo de cambio iba a estar vigente por 22 años, ya que durante los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz los mexicanos no supimos de devaluaciones de nuestra moneda, gracias principalmente al llamado Desarrollo Estabilizador que se implementó en nuestro país. Pero las circunstancias fueron otras con el Presidente Luis Echeverría; los programas populares y un excesivo gasto público prendieron las alarmas y el secretario de Hacienda, Hugo B. Margáin, empezó a tener diferencias con el presidente por el tipo de cambio y otros asuntos. Las pugnas se hicieron más grandes cuando Echeverría declaró a la prensa que “las finanzas del Gobierno se manejan desde Los Pinos”. Pocos días después, Margáin “se cayó de un caballo y renunció”. La situación fue de mal en peor y el 31 de agosto de 1976 el secretario de Hacienda, Mario Ramón Beteta, anunció la temida devaluación que puso fin a toda una era. Echeverría estaba desecho en lo anímico, pero también en lo político.

El gobierno de López Portillo administraba “La abundancia con popularidad” pero toda una ensalada de problemas y malas decisiones obligó a no solo devaluar sino a implementar el control de cambios. Todo ello a pesar de que había dicho que “defendería el peso como un perro”. En verdad la devaluación si le pudo al presidente y lo devaluó. A Miguel De La Madrid le tocó heredar un batidillo económico que provocó una inflación que  produjo varias devaluaciones en su periodo. Pero justo es reconocer que siempre hizo lo imposible por evitarlas pues sabía de los resultados a su imagen. No las pudo evitar y tuvo que cargar con las consecuencias. Carlos Salinas tuvo un gobierno de muchos aciertos económicos, pero al final de su periodo se juntaron muchos problemas como la Revolución Zapatista, los tesobonos pagaderos en dólares y con vencimiento a un año, la muerte de Colosio y otros que afectaban a la economía y al tipo de cambio. El presidente decidió mantener un peso fuerte y se resistió a devaluar, dejándole el problema a la siguiente administración de Ernesto Zedillo. Sobrevino el famoso “Error de diciembre” y los zedillistas culparon a Salinas de la crisis que se provocó, diciendo que esta se pudo haber evitado si se hubieran hecho minidevaluaciones paulatinamente. Carlos Salinas no consideró necesario devaluar en su mandato, pero lo más probable es que no quiso cargar con ella y sus consecuencias personales. El gobierno de Zedillo tuvo épocas terribles al principio, pues recibieron un cambio de 3.49 y en unos cuantos días alcanzo los 7 pesos. Al final del sexenio lo dejaron en 9.42 a pesar de que con todo y su desinterés por lo político trato de no devaluar y salir pulcro.

Vicente Fox no tuvo en esta área grandes problemas porque las finanzas no se manejaron en Los Pinos sino totalmente en Hacienda, donde un poderoso y conocedor Paco Gil las ejerció. Aún así tuvieron sus problemas ya que recibieron un tipo de cambio del gobierno de Zedillo de 9.42 y le entregaron a Calderón uno de 11. Pero ni el hombre da las botas hubiera permitido una devaluación sin dar batalla por impedirlo. Felipe Del Sagrado Corazón de Jesús Calderón sufrió los embates de factores exógenos y, en particular, la crisis financiera del 2009. Hubo momentos muy difíciles que llevaron a nuestra moneda a cotizarse en 15.36 por dólar, habiéndolo recibido en 11 por billete verde. Calderón se quería morir, pero afortunadamente para él, para los azules y para el mundo la tormenta pasó, lo que les permitió terminar con un cambio de 12.92 y el presidente, raro, con mejor humor.

En el México de nuestros días mucho se ha dicho de la pérdida de valor de nuestra moneda, ya que ha perdido el 15% en lo que va del año. Nos han dicho a los mexicanos comunes, sin doctorado en Harvard, que es la caída en la producción de petróleo, la baja en su precio, el déficit fiscal del gobierno, la baja en la producción manufacturera, la caída en las exportaciones, pero también el horrible fenómeno Trump y la incertidumbre del resultado de las elecciones en los Estados Unidos. Mucho análisis se ha hecho al respecto y no quisiera yo añadir alguna tontería al mismo. Pero es un hecho que nuestra moneda sigue en picada. Que Hillary ganara el debate, que la OPEP anunciara congelar su producción, que el Banco de México subiera la tasa de interés de 4.25 a 4.75 y que Agustín Carstens asegurara con toda solemnidad que “el peso está subvaluado”, no han logrado detener con certeza su caída. Los mexicanos hemos perdido la esperanza de volver a verlo en un rango de 16 o de 16.50 por dólar y eso nos duele y nos tiene molestos.

Pero peor la está pasando el presidente Peña Nieto con esta situación. A los escándalos recientes del departamento en Miami, de la tesis profesional, a los resultados electorales, al error con Trump etc., se añade este magno problema de nuestra moneda. El primer mandatario tiene una baja popularidad y la devaluación lo remata aunque no es directamente su culpa, es un presidente devaluado y por eso le han perdido el respeto que merece, sobre todo los politólogos de las ilustradas redes sociales. No lo consuela que sean factores exógenos los que mayormente provocan el problema. Como Jefe de Estado lo perjudica y como político lo golpea y se siente incómodo.

No es mucho lo que se puede hacer, ya lo dijo el director del Banco de México “que se avizora una tormenta” para nuestro país como efecto del cambio de gobierno americano, porque se advierte en el discurso de ambos candidatos una política de protección hacia el sector productivo norteamericano. En el caso de Trump, dice Carstens, es como un huracán de categoría 5 y en el caso de Clinton es una tormenta tropical, pero de cualquier manera el panorama no es optimista. Si gana Trump el peso perderá otro 20% y si gana Clinton recuperara el 10%. Para muchos el valor del peso ante el dólar es una cuestión de honor nacional, creo que es una exageración pero si molesta el ver que otras monedas latinoamericanas se han apreciado y la nuestra sigue en la incertidumbre. El presidente Peña Nieto pasara a la historia junto con otros mandatarios mexicanos que no pudieron impedir la caída del peso y, desgraciadamente, siempre lo recordaran por eso.