ALEMANIA,- Thomas Lriesmann de la aseguradora aérea Allianz Global Corporate & Specialty (AGCS) considera que el mercado de los drones en todo el mundo ha crecido y su valor global podría ascender en los próximos años a 130 mil millones de dólares. Los drones están de moda y ahora pueblan innumerables árboles de Navidad en todos los precios y tamaños imaginables.

La AGCS acaba de presentar un estudio que predice que para 2020 habrá a nivel mundial unos 4,7 millones de “multicopters”. En el cielo ha comenzado una era pionera comparable a la de la invención del automóvil, que podría revolucionar el transporte. Ya existen prototipos en los que vuelan pasajeros.

Es el caso del alemán Alex Zosel, que ha creado un dron bautizado como “Volocopter” y que cree que está llegando una “revolución en la movilidad del ser humano”. “Con un permiso temporal hicimos en marzo el primer vuelo y en 2018 queremos fabricar en serie nuestro Volocopter VC200”, dice la portavoz de su firma e-Volo, Kathrin Mohr.

El aparato volador de dos asientos con 18 rotores costará entre 250.000 y 300.000 euros.

El problema principal es el mismo que enfrentan muchos automóviles eléctricos: la escasa autonomía. Por ahora el “Volocopter” apenas puede hacer vuelos de 25 minutos. “Por eso nos mantenemos abiertos también a una opción de motor híbrido”, dice Mohr.
También la empresa europea de aeronáutica Airbus está pensando en proyectos de este tipo, que alimentan las fantasías de los fabricantes en China, Israel, Estados Unidos o Canadá. Faltan años sin embargo para que estos taxis aéreos estén listos para salir al mercado.

A ello se suman soluciones empresariales con drones para la infraestructura, la agricultura y el tráfico. Un robot volador autónomo vigila en Austria ya los viñedos para reducir las pérdidas en las cosechas y otros sirven en distintas partes del mundo para entregar pizzas, sacar fotos aéreas, inspeccionar playas, bosques y fronteras: los usos parecen infinitos.

Simultáneamente está en auge la venta de aparatos para detectar drones. La necesidad estimula la creatividad y ya hay una verdadera industria, que va desde dispositivos para interferir la señal hasta redes y águilas entrenadas que alimentan los debates y la imaginación en las redes sociales.

Porque cuanto más drones hay en el cielo, mayores son los riesgos de seguridad, desde colisiones a caídas, ataques cibernéticos y terrorismo. En Siria ya circularon informaciones sobre bombas lanzadas con drones por la milicia terrorista del Estado Islámico (EI).

También crece la lista de accidentes espectaculares. A mediados de noviembre un dron se estrelló en el Parque Olímpico de Múnich (Alemania) desde 180 metros de altura a escasos metros de una familia con dos niños. En febrero otro chocó contra el Empire State Building en Nueva York, y también fue un milagro que no hubiese víctimas.

Los seguros han descubierto por eso a los drones como nuevo campo de negocio, sobre todo con indemnizaciones para daños causados en automóviles o techos de cristal. No se atreven en cambio a ahondar en escenarios mucho más catastróficos como el que imaginó en un programa la BBC, en el que el dron de juguete de un niño choca contra el rotor de cola de un helicóptero que está despegando de un hospital y lo hace estrellase.

A causa de ello no faltan tampoco los proyectos para el control de este Salvaje Oeste en el que se está convirtiendo el cielo, con propuestas como hacer obligatorios los chips en todos los drones de modo de que su ubicación sea transmitida constantemente a los sistemas de seguridad aérea.
dpa/r3