OSLO,- A diferencia del resto de galardones que se deciden en Suecia, por expreso deseo de su mentor, Alfredo Nobel, es el galardón más prestigioso del mundo y por ende el más controvertido: el Premio Nobel de la Paz.

Los miembros del comité trabajan en secreto, sólo se desclasifica la información y los candidatos pasados 50 años y es un galardón en el siglo XXI con unas bases del siglo IXI. El inventor de la dinamita dejó escrito en su testamento, en 1985,  que cinco noruegos elegidos por su Parlamento deberían elegir “a la persona que [en el año anterior] haya realizado el mayor o mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos, y la formación y difusión de congresos por la paz”.

Tradicionalmente, el comité noruego procura seguir esta pauta; pero es casi imposible hacerlo al pie de la letra y supone un reto reinterpretarla a la luz de los acontecimientos actuales. Nobel jamás dejó escrito nada sobre la lucha por el medioambiente (Wangari Maathai y Al Gore lo recibieron por ello); ni sobre la economía del desarrollo (Mohammed Yunnus) y menos sobre la lucha por los derechos de la mujer.

¿Se puede criticar que se haya premiado a estos “defensores de la paz”? Hay quien lo ha hecho. En los últimos seis años, el comité se ha amparado en criterios tradicionales tales como el desarme, los derechos humanos y la cooperación. Pero tampoco ha faltado la polémica con el presidente Barack Obama y la Unión Europea en el centro de la diana.

Que el presidente cuya Administración bombardea un hospital de Médicos sin Fronteras en Kunduz o que los dirigentes comunitarios que no se ponen de acuerdo a la hora de gestionar la crisis de refugiados sirios hayan recibido el Nobel de la Paz da que pensar. Pero este premio se recibe por lo que se ha hecho y no por lo que se hará. He aquí el cuarto motivo para alimentar la polémica.

Hay galardonados que decepcionan porque no logran estar a la altura en el futuro. Y otros porque tienen un pasado. Por ejemplo, Henry Kissinger (1973), el hombre que ordenó la ‘Operación Cóndor’ en Chile aunque lo recibió por el armisticio de Vietnam junto con Le Duc Tho, que renunció al premio. También en América Latina, Rigoberta Menchú (1992) la criticaron por falsificar sus memorias. Mientras que al político israelí Menachem Begin (premio junto a Sadat en 1978 por Camp David) le acusaron de formar parte en un complot para matar al canciller alemán Adenauer.

Siguiendo en Oriente Próximo, con los Acuerdos de Oslo tan menospreciados, el galardón para Yasir Arafat, Simon Peres e Isaac Rabin también suscitó enormes críticas, e incluso un miembro del comité noruego renunció a su puesto por estar en contra. Es difícil premiar procesos de paz inacabados. Además, donde unos ven un luchador por la libertad otros ven un terrorista. El caso más reciente es el del intelectual chino Liu Xiaobo, desde que se le concedió el galardón que no pudo recoger en 2010, China cortó sus relaciones diplomáticas y comerciales con Noruega.

Mucho antes, en 1935, que el pacifista alemán Carl von Ossietzky lo recibiera levantó las iras de Hitler (quien también ha estado nominado a este premio) y prohibió que cualquier alemán pudiera recibirlo en el futuro. La paquistaní Malala Yousafzai también levantó recelo en quienes creen que su juventud menguaba su valor y mérito. Para que el premio no le pesara tanto el comité decidió que lo compartiera con el activista indio Kailash Satyarthi. No, en Occidente no lo conocíamos y en la India tampoco demasiado; pero su lucha contra la explotación infantil se inspira en la labor del mayor pacifista (también polémico) de todos los tiempos, el Mahatma Gandhi. Quien, por cierto, nunca recibió el Premio Nobel de la Paz.

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