No es él, sino que es lo que él hizo para los demás por medio de la música.

Ríos de tinta han corrido en los recientes días, posteriores al anuncio realizado por la Academia Sueca para otorgar el premio Nobel en la categoría de literatura a Bob Dylan, anuncio que ha roto paradigmas y generado una cantidad de opiniones y controversias que pocas veces se habían visto en ocasiones anteriores. Más allá de las profundas y sesudas disertaciones de tirios y troyanos sobre la validez de la obra de Dylan como literatura, la poca valoración a la cultura pop dentro del espectro de la aristocracia pensante mundial, su valor estético (a mi forma de ver, indudable),  o su aportación a la humanidad, el premio a Dylan encierra mensajes interesantes, que trascienden al premio y al hombre y que me parece no se han analizado debidamente.

Dylan es un personaje que no necesita el premio –por cierto, ha recibido innumerables premios por todo el orbe-, ni en lo material ni en lo inmaterial, su obra y su vida llevan un recorrido que trasciende los laureles, su búsqueda permanente, su reinvención constante y su insatisfacción con el estatus quo (en todo sentido), le permiten volar más allá de los reconocimientos, en plata, le vale. Dylan seguirá como Zappa, Dalí u otros genios que poco se mueven al vaivén del viento de las masas.

Dylan nunca estuvo quieto, se movió del rock, al folk, al blues, al pop, a la balada y regreso sucesivamente sobre sus pasos para reinventarse narrativamente, para construir texturas sonoras, narrar historias, abandonar espacios de confort comercial y siempre aventurarse en la carrera de la incertidumbre estilística musical, afianzado en el mástil de su soledad, su reflexión y sus convicciones, ejemplo de suicidio sistemático y renacimiento, fénix musical y narrador compulsivo, un viajero eterno que nunca se conformó con las Ítacas que le proporcionó la aclamación popular, quemó sus naves permanentemente y nunca se permitió creer haber llegado a la piedra filosofal de la música o la poesía.

En un mundo de estructuras líquidas o contextos efímeros, en una globalidad perdida, desplazada y migrante, en una edad de las redes que vociferan pero no argumentan, en la edad de oro del zapping y de las “selfies”, la obra de Zimmerman es un llamado de atención para recordar que también podemos ver hacia dentro, para recordar que todos los seres humanos encierran maravillas, contradicciones, dudas, soledades, esperanzas y desesperanzas, también responsabilidades sociales y políticas; este hombre nos recuerda que ante la catástrofe humana siempre existe la maravilla humana, dentro de cada uno de nosotros y entre nosotros.

En los aciagos tiempos de algo que dan en llamar “Milenial”, de Trump (que gane o pierda, ya ganó, pues ha logrado inocular de odio a buena parte de un país y no cualquier país), del Brexit, del No en Colombia, el invisible Haití, los migrantes, el narcotráfico, el terrorismo y muchas otras expresiones de miedo y odio, de ignorancia y arrebato, de información sin conocimiento, de masas sin humanidad, de política que no hace política y hasta de cultura de perfume caro, vino y jamón serrano, viene este premio a sacudir con su mensaje, viene a cambiar un paradigma, viene a decir contundentemente muchas cosas buenas y bellas, nos dice que se vale voltear atrás, recuperar las palabras que hablan de humanidad en sus mejores expresiones y se vale, ¿por qué no?, cantarlas. Nos dice que se vale musicalizar la poesía o poematizar la música, se vale atreverse a cambiar, se vale no estar conformes, se vale huir de la fama y mejor optar por la reinvención personal, se vale decir que un viejo es más vigente y útil a la humanidad que muchos personajes extraviados en la insolencia de la juventud, y también se vale romper esquemas y tratar de ser felices y hacer felices a otros.

El premio es un mensaje que nos dice con claridad y en un momento donde urgen mensajes que nos guíen, que recuperen a una humanidad extraviada, que no es él, sino que es lo que él hizo para los demás por medio de la música.