GUANAJUATO.- Un inmenso cerco ahorca de hambre al pueblo de Numancia. De un lado está el ejército de romanos dirigidos por Escipión con la misión de domar a los “rebeldes bárbaros hispanos”, en medio de las guerras celtíberas hacia el año 134 Antes de Cristo. Del otro está un pueblo libre que resiste con su último aliento la conquista extranjera.

Dos mensajeros de Numancia llevan la palabra colectiva de su pueblo para lograr una tregua con los romanos. Escipión se burla de ellos y la guerra continúa. Así concluye la primera jornada de El cerco de Numancia, obra de Cervantes de Saavedra que la Compañía Nacional de Teatro estrenó este 5 de octubre en el XLIV Festival Internacional Cervantino bajo la dirección de Juan Carrillo. La transición al segundo bloque se resuelve girando el muro de madera que se rearma como casas escalonadas montadas en el cerco.

“Mirar si imagináis algún remedio para salir de tanta desventura, porque este largo y trabajoso asedio sólo promete presta sepultura”, irrumpe Teógenes en una discusión de numantinos, donde están presentes gobernadores y hechiceros. Los adivinos predicen que no saldrán bien “de esta empresa, ¡ay, desdichado pueblo numantino” y que se acerca un dolor extremo.

Los actores interpretan a la exactitud los versos de Cervantes, un reto complejo que toma fuerza con los elementos escenográficos y de iluminación a cargo de Jesús Hernández, y con la musicalización de Juan Pablo Villa. Este mundo numantino está creado en tonos blancos, grisáceos, donde la tierra es el elemento simbólico y poderoso de la muerte, ¿o de la vida?

Los hombres optan por salir a combatir a los romanos como su último recurso de defensa. Saben que van hacia la muerte, pero piensan que es su última reserva de dignidad. Las mujeres salen a detenerlos: “¿Qué pensáis, varones claros? ¿Revolvéis aún todavía en la triste fantasía de dejarnos y ausentarnos? ¿Queréis dejar, por ventura, a la romana arrogancia las vírgenes de Numancia para mayor desventura y a los libres hijos vuestros queréis esclavos dejallos?”.

Entonces comienzan a imaginar la muerte colectiva para impedir convertirse en esclavos de los romanos. El cerco comienza a hacer efecto y el hambre abate poco a poco a los numantinos.

Un niño se acerca a su madre, le ruega un pan, ella carga a otro niño en brazos, no tiene dónde conseguir bocado para sus hijos. Pum. El pequeño muere de inanición, se le desvanece en cenizas, le sigue el hijo mayor y así mueren poco a poco las familias numantinas hasta que el pueblo completo se extinguió.

Los romanos buscan a algún sobreviviente, porque sin éste no hay victoria (“No llevarán romanos la victoria de la fuerte Numancia, ni ella menos tendrá del enemigo triunfo o gloria”). Los muertos se levantan y entonan música cardenche, “escuchen a la muerte, que es su voz la que rige, su voz suena y dulce, sobre el mundo se para. Escuchen a la muerte y a su pesado llanto”.

¿Cuántos pueblos han optado por la muerte como un acto sublime de resistencia? ¿Cuántos Numancia resisten hoy la guerra de conquista de sus territorios? A eso se refiere Luis de Tavira, el director de la Compañía Nacional de Teatro, cuando dice que Cervantes plantea el conseguir la victoria en la derrota, porque la victoria está en el plano ético y no en el militar.

Para Luis de Tavira, “Numancia” es un texto vigente, a pesar de que se basa en hechos que sucedieron hace más de dos mil años. La disputa por el territorio ha sido la historia de la humanidad, donde los que se oponen a la destrucción son calificados como bárbaros incivilizados, y no los que asesinan y conquistan. “Es una poderosa tragedia. Goethe la calificaba como la pieza maestra del renacimiento. Es la tragedia de los vencidos”.

con información del Festival Internacional Cervantino

jcrh