GUANAJUATO, MÉXICO.- En busca de la identidad. Un rap salta de las bocinas: “Soy lo que soy/ miro pa’delante sin mirar atrás…”, en tanto una chiquillería alegre se afana en colgar juguetes viejos, sucios y rotos en el generoso árbol de hule que enseñorea la plaza Mexiamora, y cuatro tablas de lotería como de un metro, esperan pacientemente en el piso para ser utilizadas, mientras en la panza de una fuente sin agua corretea un grupo de niños.

Aún sin que los espectadores se den cuenta, ése es un trozo de la comunidad de San Juan de Abajo, en León, que prepara el escenario para presentar La ciudad de filigrana, más que una obra de teatro, un performance dirigido por Sara Pinedo dentro del Proyecto Ruelas que apoya el Festival Internacional Cervantino.

El rap se convierte en una boruca festiva durante el cual los niños se arrebatan la palabra para describir su entorno, sus calles sin pavimento, sus juegos en el lodo, sus hallazgos de hurgar en la basura que incluyen “un oso polar”, dicen convencidos, sus deseos de que el lugar donde viven sea mejor, aunque lo ven difícil “porque nada está a nuestro nombre y por eso nadie lo arregla”, su gusto por las chamoyadas y las coca colas.

En medio de ese pequeño caos comienza la fiesta. La voz del Soner, el Suner y el Furcio, que integran el grupo Los de abajo, metidos en la fuente, rapean y se mueven vigorosamente “para expresar lo que pasa en el pueblo, con el gobierno, lo que mucha gente no mira porque nos ven como maleantes”, dirán más tarde. Hay una fuerza intensa en sus voces y sus palabras: “prometen, comprometen y luego nos la meten”, cantan ante público mayoritariamente de jóvenes que levantan las manos para apoyarlos y de algunos adultos que los miran azorados.

Tras su canto invitan a la gente a jugar a la lotería. Dos niños y una niña, micrófono en mano, dan la bienvenida. Su seguridad es apabullante y animan a la concurrencia a acercarse y volverse una de las nueve fichas que despoblarán las tarjetas, porque primero deben posarse en ellas. La reticencia la vence la amabilidad de un pequeño que se acerca a los presentes y los lleva de la mano hasta las cartas. “Todos pueden jugar, las doñas, los polis de allá atrás, la del pelo rojo que está en el celular, salga de las redes sociales”, interviene el Suner desde su fuente, y a los pocos minutos los cuerpos apelmazados sobre las tablas, ríen gustosos.

Previo al “corre y se va, pero nunca volverá”, tres niños cantan su lotería particular: “el cholo, la baika, el cigarro, el lodo, la sangre, los ojos rojos, la pulga, los moscos, la hierba, la playera de los raiders, el machete…”, son todas imágenes que salieron de los dibujos que los pequeños hacían en los talleres lúdicos del Proyecto Ruelas y conformaron ese universo para que de una manera que no sea explicativa o teórica, se conozcan las situaciones y personajes de la comunidad, explica Pinedo al término de la función.

“Sólo con el rap se sube la autoestima/ de allá donde venimos la vida no vale nada/ mi barrio no lo voy a olvidar/ la bendición de mi abuelo siempre ahí está/ no me miren mal, por estar en mi clan/”, atacan de nuevo los raperos, mientras la chiquillería de la comunidad con sus playeras negras, guangas e impresa con letras de grafiti que dicen “Los de abajo”, se mezcla con el público que para ese momento ya está atrapado, mira atento y abre los huecos necesarios para que ellos se muevan como si estuvieran en su casa y así sin más, arrastran tres sacos de tierra que desparraman sobre el piso y pisotean para alisarlo.

“¡A jugar a los caicos!”, gritan alborozados cuando termina el rap, “¿quién se anima?, si no saben ¡nosotros les enseñamos!”. “¿Qué son los caicos?”, pregunta la gente que los mira sin entender y mágicamente aparecen las colorinas esferas de las canicas que de mano en mano devuelven a todos a la infancia. “Hay que tirarle a la choya”, explica el pequeño Gabriel ya con las rodillas de sus pantalones llenas de tierra. Algunos se animan, pero nadie les gana a los niños de Los de Abajo, “muy malos, señores”, se ríen de ellos y los consuelan regalándoles canicas.

Un escozor se siente cuando invitan a “colgar los tenis”. No falta quien se aparte, pero otros corren a que les entreguen esos tenis sucios, llenos de lodo, rotos y amarrados en pareja con agujetas, recogidos de la basura, para que los lancen a un lazo solitario que cruza una parte de la plaza. “Ya tiraron los míos”, se queja un joven que después de cuatro intentos logró que formaran parte de la instalación: “pues vuélvelos a colgar”, le incita su chica acompañante muerta de risa y con sus veintitantos años a cuestas, regresa y se une al grupo que salta y ríe bajo el inerte calzado.

“El grafiti es un arte como el hip hop”, llama la atención el Furcio hacia tres jóvenes ubicados en puntos estratégicos de la plaza, que aún pintan sobre unos telares ranas, puentes, letras, paisajes singulares. Son Manuel, Mauricio, Eduardo, Armando y Daniel quienes orgullosos dicen que “nadie los enseñó”, aprendieron “mirando, sintiendo, creando”.

Al igual que los integrantes del grupo de rap, van de los 15 a los 20 años. “Hay mucha gente que piensa que el hip hop y el grafiti sólo son drogas, violencia, pistola, pero tiene que ver con nosotros, la sociedad, lo que se vive día con día, y varios nos toman como delincuentes por la forma de andar inclusive por como hablamos, pero lo correcto es el rap, que es una libertad de expresión, está en la Constitución, nos gusta expresarnos con hip hop y a ellos con grafiti, porque si ni fuéramos raperos cantáramos otras cosas…, si nos gustara decir mentiras”, explica el Suner al final de la función, que cerró con un rap ahí improvisado y dedicado la gente de Guanajuato.

A sus 19 años, el Suner ya es padre de una niña y está a la espera de otro; como sus compañeros de banda se gana la vida cantando en camiones. “Hay que sostener a la familia y así vamos a seguir hasta que, como ahora, llegue alguien y nos apoye”, cuenta con algarabía y los otros dos agregan gustosos que participar en este proyecto Ruelas les ha cambiado la vida “un poquito” porque les ha permitido conocer “otras ciudades, ya fuimos a Salamanca y León, que no hubiéramos visto ni en sueños, en otras condiciones”.

En San Juan de Abajo “no había una comunidad organizada en forma para hacer algo, pero empezamos a trabajar con las inquietudes y las actitudes y aptitudes que ellos tienen. Querían hacer rap y buscamos asesores para que les echen la mano, igual con los chicos del grafiti y empezamos a generar este proyecto que busca la identidad, estar orgullosos de decir ‘esto es’”, señala Sara Pinedo.

 “Y no esperábamos que nos recibiera tanta gente”, agregan los raperos, entusiasmados “un guato” que su trabajo gustara y listos para volver a su ciudad de filigrana.

Raquel Peguero