NUEVA YORK,-  El Premio Nobel de Literatura en su edición 2016 fue otorgado a Bob Dylan y es ésta la primera vez en la historia que la gran beneficiada es la industria discográfica. Las letras de sus canciones han sido recopiladas en algunos volúmenes, pero hay más libros suyos como artista plástico que como autor/escritor/juntapalabras.

La paradoja invita a reflexionar sobre el premio y la literatura a estas alturas del siglo XXI.

Como recuerda Kjell Espmark, presidente del Comité Nobel de 1988 a 2005, en su imprescindible El premio Nobel de Literatura: Cien años con la misión (Nórdica), los estatutos remarcan que por “literatura” se entienden “no solo trabajos puramente literarios sino también otros escritos que por la forma de presentarse posean valor literario”.

Alfred Nobel probablemente pensara en el ensayo, pero después de Beckett y Darío Fo (recién fallecido), que dilataron lo que entendemos por “teatro”; o de Svetlana Alexiévich, que nutre su literatura de periodismo e historia oral; era cuestión de tiempo que se lo dieran a alguien que no fuera estrictamente un “escritor literario”.

Sorprende que el primer caso sea el de un cantautor porque puede interpretarse como apertura o como retroceso (hacia los rapsodas y trovadores). Pero eso abre el camino hacia el reconocimiento del aporte a la tradición literaria de escritores/guionistas/juntapalabras que la entienden como excelencia y complejidad. Escritores que no se dedican a la poesía-en-papel o a la novela-en-libro, los dos géneros más valorados por la Academia Sueca, sino al guion-en-palabra-e-imágenes televisivo, cinematográfico, videolúdico o de historieta.

Alan Moore ganará el Premio Nobel de Literatura en 2018 (nadie más ha escrito tantas obras maestras del cómic; Aaron Sorkin lo ganará en 2031 (su maestría absoluta ha quedado clara tanto en series como en películas), y Hideo Kojima en 2040 (para entonces, el “diseñador de videojuegos y proyectos transmedia” también entrará en la categoría de “autor de literatura expandida”).

Cuando Alice Munro ganó el premio, muchos diarios de todo el mundo se refirieron a ella como “la Chéjov canadiense”. Pero Chéjov no lo ganó. Ni Tolstói, Ibsen, Proust, Kafka, Joyce, Celan o Borges. En la nómina sí figuran, en cambio, nombres y apellidos como los de Sully Prudhomme, Rudolf Eucken, José Echegaray o Grazia Deledda, a quienes no lee nadie. El gran canon de la literatura de la primera mitad del siglo XX se construyó en las orillas del Premio Nobel. Durante sus primeras veintidós ediciones no destacó a nadie que hoy sea relevante.

A partir de Yeats en 1923, Thomas Mann en 1929 y Pirandello en 1934, el ritmo se fue estabilizando en un autor realmente importante cada cuatro o cinco años. Hasta que a partir de los años cincuenta sí que empiezan a acertar casi siempre. Si es que en literatura se puede acertar. Si es que la literatura no es siempre perfeccionamiento del fracaso.

Quién sabe si a principios del XXII ya habremos asumido que la escritura de gran ambición narrativa es siempre literaria, que la novela en nuestros días se dilató para acoger también el cómic (la novela gráfica), las series y todos los proyectos que, de manera consciente o inconsciente, tienen la estructura narrativa y la voluntad de trascendencia que durante milenios fue patrimonio exclusivo de la literatura. A los lectores de ese futuro, quién sabe, tal vez les parecerán ridículos algunos de los premios a “escritores literarios” de estos años.

En un mundo literario global donde nadie puede aspirar a una lectura completa, de conjunto, de ningún fenómeno cultural políglota, las casas de apuestas se han convertido en una extraña forma de inteligencia colectiva, de radar internacional, que visualiza aquello que las convenciones del premio no son capaces de hacer visible. Porque los premios creados más recientemente ponen en escena una estructura dramática: anuncian a los finalistas, concitan la atención, crean un suspenso en forma de cuenta atrás (con los candidatos como concursantes de Gran Hermano) y nos sacuden con una traca final, en que una cara se impone al resto de caras ya conocidas. Como el Nobel no crea toda esa tensión a través de finalistas, las apuestas lo hacen en su lugar.

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