MADRID,- La distancia no puede evitar el reconocimiento para Auguste Rodin como el primer escultor moderno, sigue asombrando por su transgresión. Solía decir con mucho orgullo “obedezco a la naturaleza en todo, y nunca pretendo dominarla, mi ambición es servirla”.

Rodin murió antes de finalizar la primera década del siglo XX, en 1917, cinco días antes de cumplir 77 años a consecuencia de las complicaciones derivadas de una gripe, se le puede considerar como otros artistas el “primer moderno”, responsable de reconstruir plásticamente todas las nociones sobre el neoclasicismo.

Creadores tan dispares como Francis Bacon —para quien Rodin era admirable por la trimensionalidad, el dinamismo y el quebranto de las proporciones anatómicas— o el fotógrafo Robert Mapplethorpe —que aprendió del francés a retratar a sus modelos de una forma escultórica— han coincidido en señalar la grandeza de un artista que, pese a la clasificación como impresionista, operó una ruptura en la historia de la escultura, abriendo paso al arte del siglo XX mediante la introducción de procesos técnicos y opciones plásticas que influyeron en todas las artes del siglo XX.

La primera exposición en conmemorar el centenario de la muerte del escultor es Rodin: The Human Experience (Rodin: la experiencia humana), que celebra el Museo de Arte de Portland (EE UU) del 21 de enero al 16 de abril. La selección, procedente de la colecciones propias de la pinacoteca, presenta 52 expresivas obras en bronce del radical naturalista para quien lo único importante era la fidelidad —”obedezco a la naturaleza en todo, y nunca pretendo dominarla.

Mi única ambición es la de servirla orgullosamente”—, siempre sujeta a la libertad creativa del artista para moldear emociones y sensaciones. La muestra es una prueba fehaciente de como Rodin (1840-1917) revolucionó el arte de escultura. Aunque sus obras siempre eran fieles a la naturaleza, se alejó de la tradición y las prácticas clásicas al mostrar en proceso creativo en cada pieza, de manera tan estricta que suele considerarse que las manos del autor son visibles en todas sus obras, tanto las de gran tamaño destinadas a espacios públicos como las más modestas.

Mano y mente en evidencia Los “impresionantes bronces” demuestran la “pasión de Rodin” por modelar de modo que “su mano y su mente queden en evidencia en cada obra”, dicen desde el museo. Los retratos, entre ellos, las famosas representaciones de escritores como Víctor Hugo y Honoré de Balzac o músicos como Gustav Mahler, son ejemplos de la fuerza de la “verdad esencial” que buscaba el artista en el “carácter” de los personajes, una cualidad que contenía “lo feo y lo bello” para dar con una “verdad interior traducida por la verdad exterior”.

Se pueden ver en la muestra estudios de Rodin para algunas de sus obras maestras como el grupo Les Bourgeois de Calais (Los burgueses de Calais), dramática pieza que Rodin tardó cuatro años en culminar sobre los seis burgueses que se ofrecieron a dar su vida para salvar a los habitantes de la sitiada ciudad francesa al inicio de la Guerra de los Cien Años.

Admirador de Miguel Ángel

Otros bocetos en bronce pertenecen a la preparación de La Porte de l’Enfer (La puerta del infierno), un homenaje ambicioso a Miguel Ángel, el artista más admirado por Rodin, y varias pruebas de los movimientos de danza, la amplia serie con la que intentó llevar a la práctica el interés por los movimientos del cuerpo humano.

Para el artista estaba muy clara la frontera entre lo aceptable y lo despreciable. “Es feo en el arte lo que es falso, lo que es artificial, lo que pretende ser bonito y precioso, lo que sonríe sin motivo, lo que amanera sin razón, lo que se arquea o endereza sin causa, todo lo que carece de alma y verdad, todo lo que no es más que alarde de hermosura y de gracia, todo lo que miente”.

Representar en bronce la ‘carne viva’ Rodin era capaz de usar el bronce para “representar la carne viva” y “expresar estados psicológicos extremos”, resumen los organizadores de la muestra, que encuentran es estas características los motivos de la influencia del artista en los artistas de las generaciones posteriores, que consideraban al autor de El pensador —la escultura que pidió que colocaran sobre su tumba— el “eslabón crucial” entre el clasicismo y la modernidad.
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