CIUDAD DE MÉXICO,- El especialista de rocas volcánicas,  Gerardo de Jesús Aguirre Díaz indica que las supererupciones arrojan material que puede modificar el clima mundial por largos periodos de tiempo e incluso el enfriamiento drástico del planeta.

Destacó -el experto en procesos físicos del rubro- que las supererupciones se caracterizan por ser muy explosivas, poco frecuentes y con efectos devastadores a escala global que suceden cuando masas de rocas fundidas ricas en gases se encuentran de cuatro a seis kilómetros de profundidad.

Sin embargo, no todos los volcanes pueden hacer grandes erupciones, sólo los que se conocen como calderas de colapso, destacó el especialista en el comunicado de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC).

Indicó que cuando el material volcánico obstaculiza el paso de los rayos solares surgen cambios drásticos a diversas formas de vida “pudiendo llegar a causar extinciones masivas”, explicó.

“Las partículas volcánicas, en especial los aerosoles de cloro y azufre, bloquean los rayos solares y dañan la capa de ozono, si duran mucho tiempo suspendidos en el aire pueden ocasionar el invierno volcánico, caracterizado por temperaturas bajas a escala global, o de un hemisferio”, expuso.

Gerardo de Jesús Aguirre detalló que las supererupciones ocurren en promedio cada 100 mil años y que pueden alcanzar columnas de cenizas de hasta 80 kilómetros de largo, llegar a la estratósfera y provocar un enfriamiento drástico en todo el planeta.

Recordó que tres grandes erupciones dejaron huella en el registro geológico mundial como lo fueron el de la Caldera de Toba en la isla de Sumatra hace 74 mil años; la de Santorini, en Grecia e Ilopango hace tres mil 600 años; y en El Salvador hace mil 500 años y que está relacionado con el declive del imperio maya.

“En el Clásico las poblaciones de Tazumal, El Salvador, migraron a Chichén Itzá, Yucatán, se sabe porque las cenizas cubrieron a ese sitio, al ser un depósito de ceniza blanca la unidad estratigráfica se conoce como Tierra Blanca Joven”, apuntó.

Añadió que “la vida alrededor de la caldera por lo menos en 30 años no pudo desarrollarse a 150 kilómetros a la redonda de la misma”.

El vulcanólogo estudia la peligrosidad de supererupciones originadas en Centroamérica, pues aseguró que la caldera sigue activa y podría ocasionar daños al resto del mundo
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